24 febrero 2012

Las consecuencias de los programas populistas de México

Los peligros de los programas políticos populistas de Latinoamérica
Durante décadas, los países latinoamericanos estuvieron especialmente sujetos a crisis monetarias, quiebras bancarias, ataques de hiperinflación y todas las demás desgracias monetarias conocidas por el hombre contemporáneo.

Los débiles gobiernos elegidos trataban de comprar el apoyo popular con programas populistas que no se podían permitir. En el sacrificio para financiar estos programas, los gobiernos pedían préstamos a banqueros extranjeros irresponsables, lo que finalmente les provocaría una severa crisis de la balanza de pagos e insolvencia, o recurrían a la máquina de imprimir billetes, con el resultado final de hiperinflación.

Hasta el día de hoy, cuando los economistas analizan el peligros del "populismo macroeconómico", sobre las muchas maneras de echar a perder el dinero, la moneda hipotética es llamada, por convenio y casualmente, el "peso".


El despegue de la economía mexicana en lo década de los 80'
Porfírio Díaz, que gobernó México de 1876 a 1911, fue derrocado finalmente por un levantamiento popular. El gobierno estable que surgió después de una década de guerra civil fue populista, nacionalista, receloso de los inversionistas extranjeros en general y de USA en particular.

Cabe destacar el importante papel que desarrollaron los miembros del denominado Partido Revolucionario Institucional, o PRI, los cuales deseaban modernizar México, pero querían hacerlo con un toque particular.

En primer lugar, querían desarrollar las industrias por compañías locales para suministrar el mercado interior. Para ello, protegía las empresas mexicanas de las extranjeras más eficientes mediante aranceles y restricciones a las importaciones.

En segundo lugar, defendieron la admisión de moneda extranjera mientras no acarreara el control extranjero.

Así pues, hasta los años 70, México evitó extralimitarse financieramente; es decir, el crecimiento era decepcionante, pero no hubo crisis. Sin embargo, a finales de los años 70, esa tradicional cautela fue arrojada por la borda.

La economía entró en un auge febril, alimentado por nuevos hallazgos de petróleo, precios altos del mismo y grandes préstamos de bancos extranjeros.

A mediados de Agosto de 1982, sin embargo, una delegación de funcionarios mexicanos voló a Washington para informar al secretario del Tesoro de USA de que no tenían dinero y que México ya no podría pagar sus deudas. En pocos meses, la crisis se propagó por la mayor parte de Latinoamérica y más allá, a medida que los bancos dejaron de prestar y empezaron a reclamar el reembolso.

Finalmente, con frenéticos esfuerzos - préstamos de emergencias por parte del gobierno norteamericano - muchos países lograron evitar una suspensión de pagos. Sin embargo, el precio de eludir por los pelos la catástrofe final fue una grave recesión, seguida por una recuperación lenta y a menudo insegura.

En 1986, la renta real per cápita era un 10% inferior a la que había en 1981; los salarios reales, erosionados por una tasa media de inflación de más del 70% durante los cuatro años anteriores, estaban un 30% por debajo de su nivel antes de la crisis.


Más adelante, entraron los reformistas en México. A lo largo de los años 70, una nueva clase se había hecho cada vez más influyente en el partido gobernante (PRI) y en el gobierno de México, de hecho eran a menudo licenciados en Harvard o en el Massachusetts Institute of Technology (MIT). Esta nueva clase, pretendía abrir a México al exterior, al igual que los de la institución Opus Dei en España con el gobierno de Franco en 1960.

A mediados de los 80, muchos economistas latinoamericanos habían abandonado las viejas opciones estatistas de los 50 y 60, a favor de que vino a llamarse el "consenso de Washington": el crecimiento podía conseguirse mejor a través de presupuestos saneados, inflación baja, mercados desregulados y librecambio.

En 1985, el presidente Miguel de la Madrid comenzó a poner en vigor esta doctrina mediante una liberalización radical del comercio de México. Entre las medidas más destacadas se encuentran la limitación arancelaria, la reducción de la gamma de importaciones que requerían licencia gubernamental y la agresiva privatización de empresas públicas. Ésta última medida, es muy equiparable a la del gobierno de Jose María Aznar en España, el cual privatizó 48 grandes empresas públicas entre las que se encuentran Iberia, Red Eléctrica, Repsol, Endesa, Argentaria y Telefónica.

En cualquier caso, en 1988 fue elegido Carlos Salinas de Gotarri. Los éxitos de los años de Salinas se basaron en las políticas que se expresaran a continuación.

Por un lado, resolvió la crisis de deuda de 1982. En 1989, una vez superadas sin problemas sus propias elecciones presidenciales, el gobierno estadounidense comenzó a mostrar una voluntad inesperada de reconocer las realidades desagradables. Asimismo, el secretario del Tesoro de USA, Nicholas Brady, admitió que la deuda latinoamericana no podía reembolsarse totalmente y se debía instrumentarse alguna manera para perdonarla.

El denominado "Plan Brady" era un proyecto viable que terminó por sustituir buena parte de la deuda pendiente por un valor nominal de "bonos Brady", es decir, se pactó una quita de deuda. Además, el aligeramiento de la deuda producido por la bajada del tipo de interés de la deuda mexicana, provocó la desaparición rápida del déficit presupuestario. Finalmente, el año siguiente al "Plan Brady", la situación de México había evolucionado de forma positiva y  notable.

Por otro lado, en 1990, Salinas sorprendió al mundo proponiendo que México estableciese el libre comercio con USA y Canadá (NAFTA, North American Free Trade Agreement). En términos cuantitativos, el propuesto Tratado de Libre Comercio (TLC) importaba menos de lo que podía pensarse: el mercado norteamericano ya estaba bastante abierto a los productos mexicanos, y la liberalización del comercio iniciada por De la Madrid había impulsado bastante a México por la vía del libre comercio. Pero, al igual que el paquete de medidas de reducción de la deuda, el TLC estaba pensado para marcar un punto psicológico decisivo.

El éxito de las medidas de los últimos gobiernos mexicanos son claras, puesto que recuperaron la confianza internacional a la hora de financiarse. Prueba de ello es que, más adelante, en 1993, se invirtieron más de 30.000 millones de dólares de capital en México.


México comete errores, entre ellos las excesivas medidas populistas
Una cuestión común a México y Argentina era la adecuación del tipo de cambio. Ambos países habían estabilizado sus monedas, ambos habían reducido la inflación; pero en ambos casos la reducción de la inflación se había retrasado con respecto a la estabilización del tipo de cambio.

En Argentina, el peso se ligó al dólar estadounidense en 1991; sin embargo, durante los dos años siguientes el IPC aumentó un 40%, en comparación con sólo un 6% en USA.

En cualquier caso, en los dos casos el efecto fue encarecer los bienes del país en los mercados extranjeros. Era obvió que ambas monedas estaban sobrevaloradas y que hacían sus productos poco competitivos al resto del mundo. En consecuencia, a principios de los años noventa, las exportaciones de México aumentaban lentamente, mientras que las importaciones, impulsadas por la supresión de barreras a la importación y por un auge del crédito, crecían.

El resultado fue un enorme exceso de importaciones sobre las exportaciones: en 1993, el déficit exterior mexicano había alcanzado el 8% del PIB, una cifra con escasos precedentes históricos.

Entre 1981 y 1989 la economía había crecido a una tasa anual de sólo 1,3%, a poca distancia del crecimiento de la población, con una renta per cápita situada bastante por debajo de su máximo de 1981. De 1990 a 1994, los años del “milagro mexicano”, las cosas fueron claramente mejor: la economía creció al 2,8% anual. Esta cifra, sin embargo, apenas superaba a la del crecimiento de la población; en 1994 México estaba todavía muy por debajo de su nivel de 1981.








Pero, ¿dónde estaba la contrapartida de todas aquellas reformas, de toda aquella inversión extranjera?

Los defensores de las realizaciones mexicanas argumentaron que estas cifras no lograban revelar el verdadero progreso de la economía, especialmente la transformación de una basa industrial ineficiente y orientada al interior en otra muy competitiva y orientada a la exportación.

Sin embargo, era ciertamente inquietante que las enormes entradas de capital estuvieran produciendo tan pocos resultados apreciables.

El economista Rudiger Dornbusch argumentó que el problema estaba en el valor del peso: una moneda excesivamente fuerte hacía que nos bienes mexicanos no pudieran competir en los mercados mundiales, e impedía que la economía aprovechase su capacidad de crecimiento, es decir, lo que México necesitaba, pues, era una devaluación.

El sucesor de Salinas, Ernesto Zedillo, ganó las elecciones de 1994. El problema estaba en el período preparatorio de las elecciones, ya que el PRI comenzó intentado comprar el apoyo con un derroche moderadamente grande de dinero; algunos de los pesos que emitió fueron convertidos en dólares, lo cual drenó las reservas de divisas.


La crisis tequila
En diciembre de 1994, enfrentadas con un drenaje ininterrumpido de sus reservas de divisas, las autoridades mexicanas tuvieron que decidir lo que debían de hacer. Podían detener la pérdida elevando los tipos de interés, haciendo atractivo de este modo a los residentes mexicanos mantener su dinero en pesos, y tal vez atrayendo también fondos exteriores.

Pero ese aumento de los tipos de interés perjudicaría el gasto de empresas y consumidos, y México, después de varios años de crecimiento decepcionante, estaba ya al borde de una recesión.

La otra opción era devaluar el peso - reducir su valor en términos de dólares - con la esperanza de que esto tuviera el mismo efecto que en Gran Bretaña 16 meses antes. Asimismo, una devaluación podría no sólo hacer más competitivas las exportaciones de México, sino también convencer a los inversionistas extranjeros de que los activos mexicanos eran un buen valor y, por lo tanto, de hecho, permitir que los tipos de interés bajasen.

De esta forma, México eligió la devaluación. Pero esto arruinó el asunto. México no devaluó su moneda en una medida suficientemente grande, y los especuladores interpretaron la primera devaluación como una señal de que va a venir más ya que la devaluación inicial fue del 15%; sólo la mitad de lo que economistas como Dornbusch habían sugerido.

Por consiguiente, los inversionistas extranjeros se vieron sorprendidos por el descubrimiento de que México no era el dechado que había parecido, y quisieron salir a toda cosa. Pronto el peso había caído a la mitad de su valor antes de la crisis.

Pero el problema más apremiante era el del propio presupuesto gubernamental. Los gobiernos cuya credibilidad financiera es sospechosa tienen dificultades para vender bonos a largo plazo y por lo general terminan con cantidades sustanciales de deuda a corto plazo, que deben renovarse con frecuencia.

En consecuencia, se perdieron los grandes beneficios del acuerdo de Brady de 1989 y México estaba pagando un 75% a fin de que mantuviesen allí su dinero.

Más adelante, peor todavía, en un esfuerzo por convencerá los mercados de que no devaluaría, México había convertido miles de millones de deuda a corto plazo en los denominados tesobonos, los cuales estaban indiciados con el dólar; a medida de que el peso se hundía, el tamaño de estas deudas dolarizadas se disparó. Y a medida que el problema del tesobono recibía una amplia publicidad, ello no hacía más que reforzar el sentimiento de pánico.

De esta manera, la crisis financiera del gobierno se desbordó pronto y alcanzó el sector privado. Durante el año 1995, el PIB real de México cayó un 7%, su producción industrial un 15%, mucho peor de todo lo que se había visto en USA desde los años 30 y peor que la depresión inicial que siguió a la crisis de deuda de 1982.



Las consecuencias fueron nefastas y miles de negocios quebraron; cientos de miles de trabajadores perdieron sus puestos.

En resumen, a principios de 1995, México pasó repentinamente de la euforia al terror: parecía del todo probable que los experimentos reformistas en el países acabarían en un hundimiento desastroso.


El gran rescate latinoamericano
Lo que Latinoamérica necesitaba, urgentemente, eran dólares: dólares con los que México pudiera reembolsar los tesobonos a medida que fueran pagaderos, dólares que hubieran permitido a Argentina emitir pesos y prestarlos a sus bancos.

El paquete mexicano era el mayor, el más urgente y políticamente el más difícil.

Pero entre el Fondo de Estabilización de Cambios del Tesoro de USA (Exchange Stabilitzation Fund, ESF) y otras fuentes, México dispuso rápidamente de una notable línea de crédito de 50.000 millones de dólares; y después de varios meses de infarto, la situación financiera comenzó efectivamente a estabilizarse.

El rescates de México no evitó una contracción económica muy severa, considerablemente peor, en efecto, que la que tuvo lugar el primer año de la crisis de la deuda de 1982. Pero a finales de 1995, los inversionistas comenzaron a tranquilizarse, a creer que tal vez el país no iba al colapso. Los tipos de interés descendieron; el gasto comenzó a reanimarse; y pronto México experimentó una rápida recuperación, pero la crisis terminó antes de lo que muchos habían temido o esperado.


¡De los errores se aprende!
Dos años después de la crisis tequila, parecía como si todo hubiera vuelto a su cauce. Tanto México como Argentina experimentaban una fase de prosperidad.

Un resumen informal de la sabiduría convencional después de la crisis tequila podría haber sido el que se expone a continuación.

En primer lugar, la crisis tequila fue provocada por los errores de la política mexicana; sobre todo por permitir que su moneda se sobrevalorase y su crédito se expansionase en lugar de restringirse cuando comenzó la especulación contra el peso, y realizar la propia devaluación de una manera que desanimó a los inversionistas.

La otra lección no tenía que ver con México, sino con Washington: esto es, con el FMI y con Departamento del Tesoro de los Estados Unidos. Lo que la crisis parecía demostrar era que Washington tenía las cosas bajo control: que tenía los recursos y el conocimiento para contener incluso crisis financieras graves.

Finalmente, a favor de México se movilizó rápidamente una ayuda enorme, que consiguió el resultado apetecido. En lugar de los 7 años de vacas flacas de los 80, la crisis tequila fue superada en año y medio.

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